La suerte del celador es que está cerca de donde suceden las cosas y, por lo tanto, se entera de todo. Por eso sabe que esa mujer que está tendida en la camilla acaba de abortar, y por eso él puede negarse a empujar esa camilla, porque él es objetor, es un celador objetor, ¿por qué no?.
La desgracia del taxista es que las cosas le pillan un poco más lejos, y no se entera de todo. Por eso él ignora que esa mujer que sale del hospital hacia su taxi acaba de abortar. Si lo supiera, a lo mejor podía negarse a que entrara en su taxi, porque él podría ser objetor, un taxista objetor, ¿por qué no?
Hay una dependienta de El Corte Inglés atendiendo a un cliente. Ella, claro, no puede saber que ese hombre al que le acaba de cobrar dos novelas es un médico que realiza abortos en el hospital. Si lo supiera, a lo mejor había dejado que otro compañero se las cobrara, porque ella puede ser objetora, una dependienta objetora, ¿por qué no?
En fin, ya se sabe, la sagrada defensa de la vida, de toda la vida, de cualquier vida, ¿de cualquiera? No siempre. Vuelves la página del periódico y te vuelven a contar que a veces la vida no vale tanto, que el fundamentalismo religioso es así, flexible como un junco al viento, y que a veces no sólo se puede, sino que se debe matar niños. Determinados niños, claro. Leo detenidamente el artículo para ver en qué casos puedo matar a niños que den mucha guerra en clase. No se pronuncian claramente al respecto, pero leyendo entre líneas deduzco que sí, que puedo, pero sólo a determinados niños.
Y no sé qué si tiene que ver algo con todo esto, pero una vuelta de página más allá me encuentro con un nuevo modelo de Barbie:
Y todo mezclado da miedo.









