trilogía fundamental

La suerte del celador es que está cerca de donde suceden las cosas y, por lo tanto, se entera de todo. Por eso sabe que esa mujer que está tendida en la camilla acaba de abortar, y por eso él puede negarse a empujar esa camilla, porque él es objetor, es un celador objetor, ¿por qué no?.
La desgracia del taxista es que las cosas le pillan un poco más lejos, y no se entera de todo. Por eso él ignora que esa mujer que sale del hospital hacia su taxi acaba de abortar. Si lo supiera, a lo mejor podía negarse a que entrara en su taxi, porque él podría ser objetor, un taxista objetor, ¿por qué no?
Hay una dependienta de El Corte Inglés atendiendo a un cliente. Ella, claro, no puede saber que ese hombre al que le acaba de cobrar dos novelas es un médico que realiza abortos en el hospital. Si lo supiera, a lo mejor había dejado que otro compañero se las cobrara, porque ella puede ser objetora, una dependienta objetora, ¿por qué no?

En fin, ya se sabe, la sagrada defensa de la vida, de toda la vida, de cualquier vida, ¿de cualquiera? No siempre. Vuelves la página del periódico y te vuelven a contar que a veces la vida no vale tanto, que el fundamentalismo religioso es así, flexible como un junco al viento, y que a veces no sólo se puede, sino que se debe matar niños. Determinados niños, claro. Leo detenidamente el artículo para ver en qué casos puedo matar a niños que den mucha guerra en clase. No se pronuncian claramente al respecto, pero leyendo entre líneas deduzco que sí, que puedo, pero sólo a determinados niños.

Y no sé qué si tiene que ver algo con todo esto, pero una vuelta de página más allá me encuentro con un nuevo modelo de Barbie:




Y todo mezclado da miedo.


la camarera

La camarera pasó otra vez fugazmente al lado de Sebastián Montes, sin mirarlo siquiera. El entrecot debía de estar todavía en la vaca, pensó él. Encendió el segundo cigarrillo y miró a la pareja de la mesa de al lado, que había llegado mucho más tarde y ya estaba en los postres.

“¿Será éste el momento de sacarla?”, pensó.

En la tienda, cuando la compró, no le habían dicho nada sobre su uso en un restaurante, pero en el prospecto que la acompañaba sí había leído algo: Que si a veces la carne está muy dura, que si la mesa cojea, que si las pinzas del centollo se ríen del cascanueces, que si el sobrecito de ketchup se resiste (esto para las hamburgueserías)... En fin, utilidades diversas para justificar una compra, pero que obviaban siempre las realmente importantes: los niños que corretean sin que nadie quiera reconocer que son suyos; el señor de babero y barriga más que prominente que te salpica por tercera vez al abrir los percebes; el tuno que de repente aparece con una pandereta; y, claro, la camarera que ha decidido que comer despacio es más saludable para tu bienestar o, incluso, que eso que has pedido no te conviene en absoluto.

“Le voy a dar dos paseos más, y al tercero la saco”.

El primero de ellos fue para interesarse por cómo querían el café los vecinos. “Yo lo quiero solo, y con hielo”, dijo él. “A mí me lo trae corto de café y con un poco de leche desnatada, pero sin hielo”, dijo ella. “Bueno, a mí me lo corta con una gota de leche”, añadió el primero. La camarera los miró con un leve gesto de aturdimiento: “Bueno, miren, yo les traigo el café, la leche y el hielo, y ustedes se lo preparan a su gusto”.

El segundo, diez minutos más tarde, fue para traerles los cafés y dos vasos con hielo. Mientras dejaba las tazas en la mesa, la mujer le preguntó: “¿Y la leche?”. “Ahora mismo se la traigo”, respondió la otra, y se volvió a la cocina con los vasos en la bandeja.

En ese momento, Sebastián se inclinó a su derecha y la sacó de la bolsa de deporte. Sin prestar atención al silencio que crecía a su alrededor, la depositó cuidadosamente en la mesa. Se echó para atrás en la silla y esperó a la camarera. Ésta regresó con una jarrita de leche a la que no perdía de vista. Cuando estuvo suficientemente cerca, Sebastián, acariciando el botón de encendido, la llamó: “Por favor, mi entrecot”. La camarera giró la cabeza hacia él, dio un grito, tiró la jarrita y se fue corriendo a la cocina.

Todo quedó perdido de leche, pero medio minuto después Sebastián Montes saboreaba un entrecot chamuscado mientras miraba con ojos de enamorado a la Sierra mecánica Tyrolit CSH 40 que descansaba en la mesa frente a él.


la utilidad de los olores

La pipa se deslizó hasta el suelo otra vez, acompañada en esta ocasión de los tres dedos de la mano derecha que la sujetaban. Don Sebastián se revolvió en su sillón de manera casi imperceptible, apenas un leve desequilibrio motivado por la pérdida de peso en el lado derecho. Su nieta, Consuelita, que se había quedado traspuesta en el sofá, abrió los ojos al oír el pequeño estrépito.
—¿Se te ha caído otra vez, abuelo? No te muevas, que yo te la recojo.
Consuelita incorporó como pudo sus noventa y siete años y atravesó renqueante la salita. Al tercer intento logró doblarse hasta agarrar la cachimba y, poco después, levantarse con ella. Tras despegar los dedos y guardarlos en el bolso del delantal, colocó la boquilla entre los labios de don Sebastián, sin presionar mucho para no romperle algún diente, como la última vez. Después miró las cerillas que había desparramadas en la mesa, alrededor de su caja, y suspiró.
—Ya sabes que es inútil que insistas, abuelo. No te la voy a encender, que fumar es muy malo.
Sacudió los mechones de pelo que se habían quedado pegados en el tapete de ganchillo del sillón e inició el largo regreso hacia su sitio. Frente a la cómoda hizo la habitual pausa para descansar. Allí levantó la amarillenta foto de periódico que guardaba enmarcada, cuyo pie reprodujo de memoria: "Ayer, en el Casino, don Sebastián Utrera probó un jarabe de su invención, del que asegura que cambia el mal olor de los cuerpos en putrefacción por un agradable aroma floral". Tras besar el pegajoso cristal y volverla a dejar en su sitio, continuó su camino, mientras murmuraba:
—¡Qué gran hombre! Y ahí sigue, desde aquel mismo día, sin mover un músculo, sin una palabra de más, con esa seriedad suya y ese perfume a ciprés.

(escrito a partir de la idea de Lorca y Dalí sobre Los Putrefactos)


el nuevo ejecutivo

la amenaza

Un hombre tiene un seguro de vida de 100.000 euros. Pero el hombre decide no esperar, y vende su seguro a la empresa X. Esta empresa le paga por el seguro, ahora, 60.000 euros, se hace cargo de las cuotas y cobrará los cien mil cuando ese hombre muera. Si muere mañana, será un gran negocio, y si tarda veinte años, el asunto resultará ruinoso. Pero si compras mil seguros para diversificar riesgos (riesgos de que se empeñen en vivir más de lo previsto, se entiende), todo empieza a adquirir un bonito brillo dorado.
Así que los bancos se tiran como lobos a comprar seguros y a revenderlos en paquetes y por participaciones a sus clientes. Conforme van muriendo los antiguos asegurados, se cobra el seguro y se reparten dividendos. Todo es bonito y fácil.
Ahora los bancos, además de los departamentos de créditos, tarjetas, cuentas corrientes, valores, etc, etc, incorporarán uno que diga "Titulización de seguros de vida". Un departamento en el que el término "ejecutivo" adquirirá un inesperado, sorprendente y negro matiz, ya que su objetivo es generar más beneficios, lo que se consigue con un fallecimiento más temprano del vendedor del seguro. ¿Qué cualidades se requerirán para aspirar a este trabajo?
Parece ser que el mayor riesgo en estos negocios es el avance de la medicina, que hace que la gente tarde en morirse. En fin, nada que un buen ejecutivo no pueda resolver.
Por cierto, ¿se habrá pensado en una alianza estratégica entre la Banca y la Mafia?


chet baker




Un biógrafo de Chet Baker contaba que las personas más cercanas al músico no sabían de dónde podía salir la dulzura lenta, la delicada melancolía que irradiaban de él cuando se ponía a cantar o a tocar la trompeta, siendo como era un personaje desagradable, mezquino, sin mucho interés por perfeccionarse como músico, un yonqui desvergonzado y manipulador exclusivamente interesado en la próxima dosis.
(Antonio Muñoz Molina, El País, 29/08/09)


Es como si te hablara desde el más allá un fulano al que los dioses le concedieron la facultad de expresarse como un ángel, aunque en su maltrecha, manipuladora, adictiva, tenebrosa existencia este sensual fulano se comportara como un diablo. Escuchas de sus labios My funny Valentine y te corres. Escuchas los testimonios de la gente que estuvo cerca del macarra lírico y autocompasivo, incluida su decepcionada madre, los comprensivos amigos, sus doloridos hijos y tanto bellezón en declive, y deduces el peligro y el inmenso atractivo de las flores del mal, de ese Picasso del jazz que te robaría la cartera del cuerpo y del alma en cuanto que te dieras la vuelta.
(Carlos Boyero, El País, 23/10/09)


el camarote de los marx

la espera

22 de septiembre, el día sin coches, el autobús urbano gratis, ¡qué bien!. Miras la pantalla en la parada y sólo faltan 3 minutos para el tres, estupendo. Llega a los cinco minutos (el de la botella medio vacía diría: ¡casi el doble!; el de la botella medio llena: ¡sólo ha tardado dos minutos de más!; hay gente para todo) y ya está casi lleno, aunque es la tercera parada del recorrido. Subes y encuentras un sitio donde agarrarte en el último segundo antes del acelerón (que no significa que corra mucho, sino que arranca con cierta brusquedad), así que consigues no derrumbarte encima del niño que exige a su madre una ventanilla para ver el recién inaugurado corte inglés. Dos paradas más adelante, es historia la posibilidad no ya de caerse, sino de balancearse mínimamente. ¡El urbano gratis! Culo contra culo, espalda contra culo también (aquí no nos colocan por estatura), brazos extraños entrelazados en la búsqueda de una barra, pequeños perdidos entre piernas ajenas, el metro de Tokio en hora punta en versión salmantina, el peinado de una señora desesperada se enreda con el bigote de un caballero sonriente, rostros demasiado cerca de ojos con presbicia, respiraciones acompasadas, la boca cerrada porque en boca cerrada no entran moscas ni narices, pero ¿cómo se cierra una nariz sin parecer impertinente? o, dicho de otra manera, ¿por qué en estos casos el vecino siempre padece halitosis?, y diversión y gracietas porque, total, sólo es un día y esto parece Tokio, hasta que una voz que surge de las profundidades nos congela las sonrisas: ¿Es que nadie ha oído hablar de la gripe A?


curiosos parecidos

O dudas razonables, o no. En la revista efe eme encontramos esta curiosidad sobre la canción de Nacha Pop. Y no es por ser malo, pero lo más divertido es que los arreglos de La chica de Ayer corrieron a cargo de Teddy Bautista, hoy jefazo de la sgae, siempre velando por los derechos de autor.



Piero - La caza del bisonte










Nacha Pop - La Chica De Ayer







detrás de la garganta



El Atlas de los Nombres Verdaderos


qué pasó aquel día?



Me ha encantado la Hemeroteca de La Vanguardia. Todos los ejemplares de ese periódico desde 1881 en pdf, y gratis.


la conciencia estupefacta


En la mili yo era cabo furriel y, entre otras cosas, me ocupaba de organizar los turnos de guardia con lo que, parece que no, pero tenía un cierto poder para eso de ocupar o librar fines de semana. Cuando los viernes bajaba de la oficina con el papel de las guardias en la mano para clavarlo en el tablón de anuncios, notaba cierta expectación a mi alrededor. Ese papel, además, tenía el poder de hacer que la gente me tratara con la debida consideración, porque nunca se sabía cuando se podía necesitar un favor (estoy seguro de que conocéis aquello de "un día, y puede que ese día no llegue nunca, te pediré un favor"). Para los que hicisteis aquella cosa llamada mili, he de aclarar que yo estaba en un polvorín perdido en algún monte valenciano; allí éramos cuatro gatos, y un gato podía hacer tres días seguidos de guardia para librar los cuatro siguientes, siempre que yo jugara con los turnos y procurara que el capitán no se enterara de esos chanchullos.
Bueno, a lo que íbamos: que desde entonces he sido más o menos consciente del poder de un simple papel, y de la expectación que puede llegar a crear (no voy a mencionar el caso del bedel que salía de secretaría con el folio donde estaban las notas, y antes de llegar al tablón donde lo esperábamos ya sin uñas, charlaba con cualquier colega, observaba atentamente las nubes, se hurgaba en la nariz, se metía al servicio con el As, el Marca y el Mundo Deportivo, y al salir pasaba por la cafetería para tomar café; aquel bedel era un sádico y es poco representativo), y, sin embargo, me quedaba corto.
Un papel puede remover a una persona, más en concreto, a un farmacéutico catalán, hasta el punto de modificar su conciencia, que es eso que está muy dentro de uno, y con lo que hacemos lo que nos da la gana, ya que nadie más lo puede ver: La Conciencia.
Está el farmacéutico tomando café tranquilamente en la rebotica. Llegan dos mujeres y le piden la píldora postcoital. El farmacéutico las mira con ojos expectantes e inquisidores y alarga una mano esperando un papel, El Papel, La Receta.
"¿Usted no tiene receta? Oh, pues lo siento mucho, porque esa píldora es abortiva, y mi conciencia me impide proporcionar ese medicamento con el que usted, que es una inconsciente, piensa matar al hijo que a lo mejor ya lleva en su vientre. Váyase usted al pueblo de al lado, que allí hay un farmacéutico que carece de conciencia."
"¿Y usted, tiene receta? Ah, sí. Pues aquí tiene su píldora. Gracias."

Yo lo entendí así, pero a lo mejor se podía entender de otra manera. No sé. Esto ponía en la noticia:
"En Cataluña no reconocemos la objeción de conciencia para negarse a suministrar un medicamento con receta y todos los farmacéuticos tienen el deber de venderlo. Pero en los medicamentos sin receta es diferente"