las fieras amansadas

—¿Por qué se cree la gente que un concierto de música clásica es más tranquilo que uno de heavy-metal?
Seguramente, tras pensarlo un rato, podríamos haberle contestado alguna cosilla, pero el tono y el gesto de Emilio indicaban claramente que la respuesta nos la iba a dar él, y que desde luego no sería la esperada. Así que, tras poner nuestra cara de mayor interés (en concreto, de interés diez sobre diez, para que no se ofenda), le animamos a seguir:
—¿Por qué, Emilio?
—¡Porque nunca han estado en un concierto de clásica!
—Hombre, la música suele ser más tranquila y...
—La música es lo de menos. De hecho, cuando se te para el corazón, la música ya no importa.
—Bueno, el cerebro puede seguir funcionando algún tiempo, ¿no? —añadió Sara.
—No sé. Mi experiencia en el túnel de la muerte...
—Espera, espera —alguien tenía que reconducir el tema por rutas más transitables, y le tocó a Andrés—. Vamos a empezar por el principio. ¿Has ido a un concierto de música clásica?
—Ayer. La Sinfónica de Castilla y León, con un director ruso.
—¿Y qué tal?
—Bien, hasta el incidente. Por cierto, es gracioso cómo se saludan al entrar el director y el solista, como si hiciera meses que no se ven.
—Son educados.
—El solista no sé. El director, un pedazo de animal. Todavía tengo su mirada clavada en el corazón. ¿No veis cómo me cuesta respirar?
—Sí, ya vemos —dijo Fer—. ¿Qué le hiciste?
—¿Hacerle? Nada. El problema era del chaval que había en la fila anterior a la mía, que en medio de no sé qué sinfonía de otro ruso empezó a decirle a su mamá que se meaba. La madre al principio no le hizo mucho caso y se limitó a hacerle una seña para que se callara. Pero el niño insistía y ella se iba poniendo nerviosa. Y yo también, porque empezaba a sentir unas ganas de mear que se iban haciendo insistentes. Ya sabéis lo contagioso que es eso.
—Sí, claro. De hecho yo estoy a punto de irme al water —dijo Inés—, pero creo que podré esperar a que termines.
—Vale. Por entonces, el niño ya no sólo se quejaba a la madre, sino que no dejaba de bailar en la butaca, y así no se puede atender a un concierto. Aprovechando que la orquesta sonaba en plan grandioso, ya sabéis, todos a la vez y bien fuerte, me incliné hacia la butaca de la madre y le susurré: "Señora, debería hacer algo con este niño antes de que ocurra una desgracia". Y la mujer, en vez de darme las gracias por mi preocupación, me miró como si fuera yo el que le pedía ir al servicio, que no se lo estaba pidiendo, y no era por falta de ganas. Pues nada, me dije, allá ellos.
—¿Qué? —se me escapó, pero era una falsa alarma.
—Era imposible ignorar los gestos desesperados del niño, que unas veces se doblaba hacia adelante, y otras se echaba hacia atrás, con la vista perdida en el techo, porque no podía perderla más arriba, y con las manos sujetándose como si quisiera taponar el amenazador grifo incontenible. Y como el pobre había visto en mí a un amigo, me miraba de vez en cuando pidiéndome ayuda. ¿Qué podía hacer yo?
—¿Además de dejarlos en paz, quieres decir? —intervino Sara, como si no conociera a Emilio, que sin hacer ningún caso del comentario, siguió con su historia.
—La intensidad orquestal iba descendiendo, así que la cosa ya corría prisa si se quería aprovechar el volumen de la música para salir con alguna discrección. Volví a acercarme a la mamá, y le dije con toda delicadeza: "Señora, este niño nos va a mear a todos. Si usted no puede, lo saco yo ahora mismo". La mujer se volvió como si le hubiera gritado un insulto gravísimo al oido y abrió la boca para contestarme, pero en ese momento la orquesta se quedó en el más absoluto de los silencios. "Ahora, ahora, aproveche el descanso", añadí, complacido de poder ayudar. Ella me miró, luego miró al niño, que la observaba espectante, y optó por la que parecía mejor idea, que luego resultó la peor. Se levantó, agarró la mano del meón y tiró de él hacia el pasillo.
—Estaríais en mitad de la fila, claro —apuntó Andrés, que conoce a Emilio como si lo hubiera parido.
—Sí, eran unas butacas geniales, en la fila tres y en todo el centro. Bueno, yo respiré tranquilo, un segundo, el que tardó el violoncelista en empezar su solo. Miré a la mujer, paralizada de pie unas butacas más allá, pero lejos todavía del pasillo. Supongo que esos momentos son duros, y que uno no sabe exactamente cómo hacer que la tierra se lo trague. Podía haberse quedado allí, como si fuera un adorno, pero optó por seguir, primero hasta el pasillo, levantando a toda la fila, y luego casi corriendo hacia la puerta de salida, por uno de los suelos más ruidosos que te puedas encontrar. El solista pareció hacer unos ruidos raros con su instrumento, bueno, creo, porque no se oía mucho con las zancadas que daba la mujer que arrastraba a un niño; y luego paró. El director se dio la vuelta y se quedó mirando con su instrumento levantado e inmóvil en la mano, la boca abierta y cara de no entender nada, como si nunca hubiera tenido una urgencia de ese tipo cuando era niño. Cuando la pareja que huía alcanzó la puerta, el de la batuta amenazante volvió la mirada hacia el hueco que había quedado, vi sus ojos inyectados en sangre, al tiempo que levantaba la batuta, con toda seguridad para tirármela, por lo que tuve que ser más rápido que él y me escondí entre los pies de mis compañeros de fila, que en vez de protegerme y disimular, se levantaron como si hubiera serpientes por el suelo. Pisotones, patadas...¡joder con la educación de damas y caballeros! Así que me incorporé en cuanto pude desprenderme del tacón de aguja que tenía clavado en las costillas, y volví a mi sitio a morir con dignidad. Por suerte el director parecía haber abandonado, momentáneamente, la idea de clavarme la batuta en el pecho, y se giró resignado para seguir con su trabajo, mientras el solista revolvía nervioso partituras. Y supongo que siguieron tocando, pero yo ya no oí nada más, preocupado por el alarmante silencio de mi corazón. Cuando noté que había terminado aquella sinfonía, y tras asegurarme, tras un rato de aplausos, de que realmente había terminado, salí corriendo, dejando allí a la amiga con la que había ido, que hacía como que no me conocía de nada. En el vestíbulo, el niño estaba castigado contra una esquina, y la mujer, sentada cerca de él, tenía la cara entre las manos. A lo mejor estaba llorando, pero no me pareció apropiado acercarme a interesarme. ¡Y desde luego, la próxima vez, última fila y al lado del pasillo!
—Ah, ¿pero vas a volver?
—Sí, claro, tengo entradas para todo el ciclo.
—¡Rápido, un móvil! —dijo Sara—. ¡Hay que conseguir entradas!
—Sois una panda de cabrones —concluyó Emilio.

13 comentarios:

ybris dijo...

Echaba de menos a Emilio.
Y con razón.
La vida a su lado es más interesante.
Y los conciertos...¿dónde va a parar?

Un abrazo.

thirthe dijo...

jajajaja!!!

emilio cabalga de nuevo!!

g. dijo...

;-)

Elendaewen dijo...

=D Es como aplaudir en una pausa de la orquesta antes de que acaba si quiera la primera parte.
Saludos y risas:

FER dijo...

Manuel, qué aburrida sería la vida sin este tipo de casualidades... Aun así, Emilio es insuperable. Ni por un batallón de filósofos.

Alfonso dijo...

Emilio debería ir a ver al doctor Rousseau...

saludos

MH dijo...

Este es mi Emilio.
Y sí, sois unos cabrones. :D

Anónimo dijo...

jejejejejeje, ay emilio, mira que es consecuente, honesto, etc consigo mismo; ejem, supongo que se contagian los lenguajes de campaña, mandadlo a él, y se arregla todo.
abrazos.

siloam

fer dijo...

soy otro fer.veo que tenemos el mismo nombre. no conocía a emilio pero qué bueno...

Jin dijo...

pues casi me meo de la risa... o del suspense, no sé muy bien!
tampoco conocía a Emilio, pero espero reencontrarme con él una de éstas

emma dijo...

muy buena la historia, emilio -a quien no tengo el placer-. Si fuese un concierto heavy el niño, la madre y tú podrías haberos levantado sin tanto escándalo.

peke dijo...

Emilio siempre estupendo.

Anónimo dijo...

ten madres pa esto! yo le llevo sondado y en paz! ya sabemos que cada profesión tiene sus vicios y peculiaridades.el prox. dia que te vea en el bar, te invito a una cervecita.carmina